...




Con los años me he vuelto ininteligible.

Traspasar la respiración del silencio cada vez me tiene más maltrecha.
Dejar que las palabras caminen por mis labios y vuelen hasta cualquier llave,
que abran puertas, que erijan templos o derrumben muros, lo veo un imposible,
y veto mis propios pájaros.

Me descubro temiendo la respuesta del mar, de las colinas, de los manglares,
del aliento que no comprende la urdimbre de las amapolas,
que no abarca la sencillez de un batir de alas o el aullido que evoca la luna
para abrir besanas y revelar sus secretos.

Temo, también, y por eso callo, la respuesta equívoca de unos ojos cerrados
ante la idea de que hacer el amor es tan simple como contemplar
un amanecer sin ángulos y que para ello...
no hay que desnudar nada más que el corazón.






Indra.


Introspeccionándo(me)



Crujir -una y otra vez-
las muñecas atrapadas en el desierto
hasta visualizar el agua que dividirá
-de nuevo-
los labios del ave que se agita.

Salvarme de las manos que débiles
no mantienen la imagen saciada de aquel nido.


Y devolver(me) la mirada.  





Indra.